—Baila conmigo —invita Marina.
Las manos se encuentran. Brotan chispas. Mas sólo las dos mujeres las perciben. Son chispas que suben y bajan por la espalda y les electrizan todo el cuerpo.
Marina envuelve a Clara con una mirada que la traspasa con voluptuosa reverencia.
La luz es tenue. Suena una música que les abre ventanas y tiende escaleras. Los cuerpos se aproximan… Se enlazan.
Marina abraza. Entre sus brazos tiene el objeto de un deseo larga y pacientemente anhelado.
Marina se acurruca. Se acomoda al cuerpo de Clara. Sus cabezas se unen. Toda Marina se pega, se amolda. Suspira. Baila abrazada a su amada. Está despierta y sus sueños se están cumpliendo…
Marina aspira hondamente. Saborea el cuello al que apenas roza, aunque idolatre y quisiera meter bajo su piel.
Marina rodea a Clara por la espalda... La amó de frente. La busca ahora de espaldas.
Clara siente todo el peso de la seducción que Marina ejerce sobre ella. ¿Se dejará ir?
—Es cierto, Marina. Todo tu cuerpo tiene ese olor que ya un día percibí y deseé —reconoce.
Las fuerzas no sostienen a Clara. ¿Dónde está su resistencia? … ¿Dónde han quedado sus amarras?
¡Qué fácil es descubrirse!
¡Comprender al fin lo natural que es todo de lo que ha estado huyendo!
Y ahora es Clara quien toma entre sus manos toda la entrega de Marina.
Clara suspira. Gime. ¿Es así cuando se es feliz?
Los cuerpos de las dos mujeres apenas empiezan a conocerse… Pero ya se saben… Las miradas bastan… La piel no precisa de palabras…
Marina empuja su seducción y aplasta su cuerpo contra el de Clara, que ya ha bajado todas las defensas y espera anhelante…
—Este es un anticipo del cielo —susurran las mujeres.
Y en las sombras se devoran en un beso goloso y febril…



















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