lunes, 7 de julio de 2014

El amor por escudo


La baronesa de Rothesay ha lanzado al aire una tentadora invitación.

Clara agarra las riendas en sus manos y dice resuelta: —Roberta, Marina y yo quisiéramos regresar a nuestro hotel. Tenemos planes para mañana por la mañana.

Acto seguido toma a Marina de la mano y se dirige hacia la salida.

Sorprendida gratamente por la iniciativa de su amante, Marina la mira y luego mira a Roberta. Y al fin reacciona: —Hablamos mañana, ¿sí? Todo ha sido como un sueño —se despide cortésmente besando a Roberta, a Elton  y al esposo de éste—. Te agradezco todos los detalles de la exhibición. Amanecer en el Caribe suena fabuloso, pero el día ha estado tan lleno de sorpresas que necesito hacer un alto.

Marina junta las manos, besa la punta de sus dedos, toca con ellos la cara de Roberta y pide con la mejor de sus sonrisas—: Déspideme por favor de tus maravillosos invitados. Obrigada, obrigada.

—Haremos lo que tú desees. Tú eres mi invitada de honor —concede Roberta, y volviéndose hacia Elton explica—: Ya estuvimos en la isla hace poco. Dejaremos el plan para otro día.

Marina toma a Clara de la mano. Clara aprieta con intensidad esa mano que se le tiende y las dos mujeres se encaminan a su hotel.

En el taxi van en silencio. Van apretadas la una contra la otra, sintiéndose el palpitar de la respiración.

Llegan al hotel y suben a su habitación.

Clara tiene tantas cosas de las que hablar. No sabe dónde empezar. Es tanto… Podría ser doloroso…

Y decide defender lo suyo, poner su amor de escudo, dejar que sea ese amor quien hable, quien grite por ella.

El ama de casa cierra la puerta de la suite, se voltea hacia Marina y propone: —¿Dónde habíamos quedado cuando Roberta nos interrumpió?

Clara tiene a Marina frente a ella… Sus manos alzan vuelo recorriendo el rostro de su amante, su cuello..., alborotando su cabello..., estremeciendo su centro.

Hay tanta reverencia en esa mirada…, tienen tanta ansiedad esas caricias que Marina se tropieza en el zíper del traje de Clara… en las jugosas manzanas que se le ofrecen cuando el sostén cae al suelo…

Clara afloja un poco el abrazo… También ella se entrega a desprender a Marina de una a una de sus ropas: —Antes esto era parte de mis sueños. Ahora lo vivo con tanta intensidad que me da miedo —susurra…

Y empuja a Marina hacia la cama.

Ahí está Marina Meirelles.

Marina Meirelles está de frente y de perfil… al alcance de sus manos…

“Tocar ese cuerpo es tocar el cielo”, piensa Clara…

Y comienza a bajarse buscando el centro de su flor de mar…

Hurga entre sus pétalos, sube a sus senos, entra en su boca con una habilidad que no se sabía, que ha aprendido guiada por la linterna con la que la ilumina el amor, apremiada por las brasas con las que la incendia este amor.

Marina se deja llevar por estos suaves gestos de amar… por esta manera rabiosa de amar…

Marina va percibiendo una claridad que la encandila… una claridad que la ciega y poco a poco la va abrasando…

Son los soles que ha encendido la mujer que tiene sobre ella, con ella, para ella...

Y se deja incendiar…

Tocar a la amada es tocar una canción desnuda con las manos…

Tocar su cuerpo es tocar el cielo…

La noche está de fiesta para las dos, una fiesta que recién comienza, un banquete de a dos.

“Tocar este cuerpo es tocar mi cielo…”, alcanza a pensar Clara, mientras goza viendo a Marina desbordada, arqueada en el altar del amor…
****

La noche da paso al día y Clara y Marina siguen subiendo por escaleras que se saben de cada una. El día se impone y ellas siguen trepando por las lianas con las que alcanzan numerosas veces más un cielo que se han prometido.

****


—Definitivamente, me gusta más ver amanecer en Londres —dice una Clara plenamente satisfecha.


****

Las dos amantes piden que les lleven el desayuno a la cama.  

Solo luego que se han dado de comer una a la otra, las vence el sueño.


****

Son cerca de las doce cuando Roberta telefonea desde la galería.

—Marina, quiero hablarte de unos contratos que quiero arreglar para ti —ofrece—. Ven para que almorcemos y hablemos del asunto.

—Soportemos dos días más estos trámites. Pronto regresaremos a Río —pide Marina.

Las dos mujeres saltan a un taxi y llegan a la galería.

—Una representante de la Tate Gallery ha llamado ofreciendo su espacio para una restrospectiva tuya. Tú sabes, Marina, exponer ahí sería consagratorio, el sueño de todo artista. ¿Qué te parece? —dice Roberta, y agrega—: Y para ti, querida Clara, he concertado una videoconferencia con tu hijo Iván. Imagino que lo extrañas.

—Yo también quisiera hablar con él —dice Marina dirigiéndose hacia Clara.

—Marina y yo vamos a hablar de negocios mientras tú te entretienes con tu hijo —continúa Roberta.

—No te preocupes. Le daré tus saludos a Iván —dice el ama de casa—. Arregla tus asuntos con Roberta. Yo estaré bien. No te preocupes, mi ciela.

Roberta pide a un asistente que conduzca a Clara hacia un salón donde hay una pantalla en la que se ve la imagen de un sonriente Iván.

Clara se alegra de ver a su hijo y comienza a charlar con él…

Pero una espina se le ha clavado en el corazón.

Roberta lleva a Marina al mirador del Shard, la pirámide de cristal más alta de la Unión Europea.

Ahí, desde las alturas, con todo Londres a sus pies, igual que el diablo tentando desde la cima del mundo a Jesús,  Roberta le plantea más de sus planes a Marina: —Además de la retrospectiva en la Tate Gallery, me han hecho propuestas para que expongas en París, Berlín y Madrid. ¿No te emociona?

La baronesa continúa desenrollando ante Marina el pergamino de un nuevo intento de seducción: —Para coordinar todo esto tendrías que quedarte al menos tres meses en Londres… sola.




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