lunes, 7 de julio de 2014

El amor por escudo


La baronesa de Rothesay ha lanzado al aire una tentadora invitación.

Clara agarra las riendas en sus manos y dice resuelta: —Roberta, Marina y yo quisiéramos regresar a nuestro hotel. Tenemos planes para mañana por la mañana.

Acto seguido toma a Marina de la mano y se dirige hacia la salida.

Sorprendida gratamente por la iniciativa de su amante, Marina la mira y luego mira a Roberta. Y al fin reacciona: —Hablamos mañana, ¿sí? Todo ha sido como un sueño —se despide cortésmente besando a Roberta, a Elton  y al esposo de éste—. Te agradezco todos los detalles de la exhibición. Amanecer en el Caribe suena fabuloso, pero el día ha estado tan lleno de sorpresas que necesito hacer un alto.

Marina junta las manos, besa la punta de sus dedos, toca con ellos la cara de Roberta y pide con la mejor de sus sonrisas—: Déspideme por favor de tus maravillosos invitados. Obrigada, obrigada.

—Haremos lo que tú desees. Tú eres mi invitada de honor —concede Roberta, y volviéndose hacia Elton explica—: Ya estuvimos en la isla hace poco. Dejaremos el plan para otro día.

Marina toma a Clara de la mano. Clara aprieta con intensidad esa mano que se le tiende y las dos mujeres se encaminan a su hotel.

En el taxi van en silencio. Van apretadas la una contra la otra, sintiéndose el palpitar de la respiración.

Llegan al hotel y suben a su habitación.

Clara tiene tantas cosas de las que hablar. No sabe dónde empezar. Es tanto… Podría ser doloroso…

Y decide defender lo suyo, poner su amor de escudo, dejar que sea ese amor quien hable, quien grite por ella.

El ama de casa cierra la puerta de la suite, se voltea hacia Marina y propone: —¿Dónde habíamos quedado cuando Roberta nos interrumpió?

Clara tiene a Marina frente a ella… Sus manos alzan vuelo recorriendo el rostro de su amante, su cuello..., alborotando su cabello..., estremeciendo su centro.

Hay tanta reverencia en esa mirada…, tienen tanta ansiedad esas caricias que Marina se tropieza en el zíper del traje de Clara… en las jugosas manzanas que se le ofrecen cuando el sostén cae al suelo…

Clara afloja un poco el abrazo… También ella se entrega a desprender a Marina de una a una de sus ropas: —Antes esto era parte de mis sueños. Ahora lo vivo con tanta intensidad que me da miedo —susurra…

Y empuja a Marina hacia la cama.

Ahí está Marina Meirelles.

Marina Meirelles está de frente y de perfil… al alcance de sus manos…

“Tocar ese cuerpo es tocar el cielo”, piensa Clara…

Y comienza a bajarse buscando el centro de su flor de mar…

Hurga entre sus pétalos, sube a sus senos, entra en su boca con una habilidad que no se sabía, que ha aprendido guiada por la linterna con la que la ilumina el amor, apremiada por las brasas con las que la incendia este amor.

Marina se deja llevar por estos suaves gestos de amar… por esta manera rabiosa de amar…

Marina va percibiendo una claridad que la encandila… una claridad que la ciega y poco a poco la va abrasando…

Son los soles que ha encendido la mujer que tiene sobre ella, con ella, para ella...

Y se deja incendiar…

Tocar a la amada es tocar una canción desnuda con las manos…

Tocar su cuerpo es tocar el cielo…

La noche está de fiesta para las dos, una fiesta que recién comienza, un banquete de a dos.

“Tocar este cuerpo es tocar mi cielo…”, alcanza a pensar Clara, mientras goza viendo a Marina desbordada, arqueada en el altar del amor…
****

La noche da paso al día y Clara y Marina siguen subiendo por escaleras que se saben de cada una. El día se impone y ellas siguen trepando por las lianas con las que alcanzan numerosas veces más un cielo que se han prometido.

****


—Definitivamente, me gusta más ver amanecer en Londres —dice una Clara plenamente satisfecha.


****

Las dos amantes piden que les lleven el desayuno a la cama.  

Solo luego que se han dado de comer una a la otra, las vence el sueño.


****

Son cerca de las doce cuando Roberta telefonea desde la galería.

—Marina, quiero hablarte de unos contratos que quiero arreglar para ti —ofrece—. Ven para que almorcemos y hablemos del asunto.

—Soportemos dos días más estos trámites. Pronto regresaremos a Río —pide Marina.

Las dos mujeres saltan a un taxi y llegan a la galería.

—Una representante de la Tate Gallery ha llamado ofreciendo su espacio para una restrospectiva tuya. Tú sabes, Marina, exponer ahí sería consagratorio, el sueño de todo artista. ¿Qué te parece? —dice Roberta, y agrega—: Y para ti, querida Clara, he concertado una videoconferencia con tu hijo Iván. Imagino que lo extrañas.

—Yo también quisiera hablar con él —dice Marina dirigiéndose hacia Clara.

—Marina y yo vamos a hablar de negocios mientras tú te entretienes con tu hijo —continúa Roberta.

—No te preocupes. Le daré tus saludos a Iván —dice el ama de casa—. Arregla tus asuntos con Roberta. Yo estaré bien. No te preocupes, mi ciela.

Roberta pide a un asistente que conduzca a Clara hacia un salón donde hay una pantalla en la que se ve la imagen de un sonriente Iván.

Clara se alegra de ver a su hijo y comienza a charlar con él…

Pero una espina se le ha clavado en el corazón.

Roberta lleva a Marina al mirador del Shard, la pirámide de cristal más alta de la Unión Europea.

Ahí, desde las alturas, con todo Londres a sus pies, igual que el diablo tentando desde la cima del mundo a Jesús,  Roberta le plantea más de sus planes a Marina: —Además de la retrospectiva en la Tate Gallery, me han hecho propuestas para que expongas en París, Berlín y Madrid. ¿No te emociona?

La baronesa continúa desenrollando ante Marina el pergamino de un nuevo intento de seducción: —Para coordinar todo esto tendrías que quedarte al menos tres meses en Londres… sola.




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jueves, 3 de julio de 2014

Audacias y dilemas

Roberta es una mujer que sabe lo que quiere. Sabe conseguir lo que quiere. Sabe ir directo a la yugular. Sabe dar placer, buscar cómo recibirlo.

Roberta empieza mordisqueando el cuello de Marina… Se sumerje en el oleaje de la oreja de la mujer que se eriza entre sus brazos. Desliza su lengua morosa por las letanías de lunares de la fotógrafa. Travesean sus manos por el área del nacimiento del cabello en la nuca de Marina, juegan con él…

Y ahora entra en acción la boca… Una boca que saborea a Marina... como una gata a una ratoncita.

Roberta es sabia en amores.

Marina siente la presión del cuerpo de la baronesa.. Sopesa la presencia de un cuerpo delineado por caminatas de golf, masajes, posturas de yoga y la generosidad de la naturaleza…. Marina atestigua la fogocidad de una mujer madura, proactiva y audaz. Está asediada...

Roberta es sabia en amores… A cuentagotas va degranando su arsenal de seducción, el toque sutil pero firme de una Midas del amor.

Marina siente un apremio en su pulso, un apuro en su respiración, una humedad que empieza a inundarla. Está asediada... Cada una de las puertas de su castillo está sitiada...

—Te me has subido a la cabeza como las burbujas de un vaso de champaña —le susurran al oído—. No tienes que hacer nada más que soltarte… relajarte.

Roberta se concentra en la boca de la fotógrafa. Sus carnosos y sabios labios aletean sobre los de Marina… Luego mordisquean y avanzan despacio,gozosamente…

Roberta es sabia en el ajedrez del amor, del regodeo. “Yo muevo mis fichas, luego mueves tú las tuyas…”

Pero Marina no ha devuelto los besos… Solo recibe las llamaradas de un fuego… Un fuego que está comenzando a envolverla.

Marina reconoce esas andanzas, esas técnicas maestras y entrenadas.

Marina se reconoce un poco en la mujer que, con un experto saber hacer, está bordando una invitación como las que ella también acostumbra proponer.

No. No… ¡No!!

Resuelta pero cortésmente, Marina se separa de Roberta:

—Tenemos que ir a la inauguración de la exposición —le dice—. Voy a buscar a Clara.

Marina sale del cuarto de baño y se dirige a uno de los balcones que rodean el salón.

Sus pulmones, su cabeza, cada uno de sus poros agradecen el calmante aire fresco del atardecer.

Marina se acerca a uno de los músicos de la orquesta y pide una canción, “The Way You Look Tonight”.

Suenan los primeros compases de la melodía y la fotógrafa va en busca de Clara, que sigue conversando con Daniela y su esposa Malú:

—Baila conmigo… nuestra canción… —dice al ama de casa.

Marina tiembla mientras se abraza al cuerpo de una Clara temblorosa también.

Clara ha sentido los dardos de los celos clavados inmisericordemente en todo su ser.

Clara ha sentido que Marina quiere estar con ella, pero que hábilmente atrapan y arrancan de su lado.

Mudas, las dos mujeres se balancean abarcando apenas el área de un ladrillo… Sus cuerpos hablan enciclopedias, se abren y distienden al calor de los mil julios que emanan sus emociones.

La fiesta se alarga más de lo previsto.

El tiempo no pasa para el grupo de invitados que aún exprime abiertamente y a fondo el placer.

Roberta se aproxima a Clara y Marina, que han buscado el pretexto de otras melodías para seguir estándose abrazadas.

— Marina, tú tienes que hacer aunque sea un rápido acto de presencia en la apertura de tu muestra. Esta fiesta tiene para rato —dice Roberta —. No notarán nuestra ausencia. Regresaremos después.

En la exposición, el público en general contempla la audacia y solidez del arte de la fotógrafa.

Se exhibe el documental sobre su vida y obra. Aplauden.

Marina, de la mano de Clara, circula entre el público saludando y conversando.

Roberta presenta a Marina a periodistas que cubren el evento y Marina derrama su encanto y profesionalismo.

Transcurre una hora y las tres mujeres vuelven a la fiesta que sigue bullante en el apartamento de la baronesa.

Clara y Marina no se han cruzado palabras. Los ojos de Clara le han dicho a la fotógrafa que está llena de preguntas, de dudas, de nostalgias.

Marina está avasallada. La exposición, la noche, el día entero han sido un inacabable dilema.

Roberta continúa, exquisita y sutilmente tendiendo alfombras… sembrando minas por todo el terreno que pisa la fotógrafa.

La baronesa se acerca. A su izquierda va tomada del brazo con Elton John y a la izquierda, con David Furnish, el esposo del cantante.

—A Elton se le ha ocurrido la idea de ir a ver el amanecer en mi isla del Caribe. Yo creo que tu cuerpo agradecería un poco de sol, Marina. ¡Ven con nosotros! Le estoy pidiendo a mis asistentes que preparen el jet para salir enseguida. ¿Te animas? —invita seductoramente Roberta.




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martes, 1 de julio de 2014

Fiesta preinauguración

Clara y Marina van en la limosina a la galería de Roberta. Situada en el propio Soho, este es un sitio dedicado a la promoción del arte moderno, el pasatiempo que comenzó como eso, un mero entretenimiento para la adinerada baronesa, pero que se ha convertido en una pasión a tiempo completo. Roberta, la oveja negra de una familia de rancio linaje, abandonó hace tres años una promisoria carrera financiera y un convencional matrimonio de años para dedicarse al arte y la expresión a ultranza de todos sus impulsos.

Cuando Marina asistió a la inauguración de su trabajo el año pasado en Londres, Roberta se encontraba de viaje y no participó de la fiesta con la que fue agasajada la fotógrafa. Fue un tiempo después que Roberta conoció y admiró el arte de Marina e incluso compró unas piezas para su colección privada.

—El trabajo que has traído esta vez es de una gran osadía. Quedé impactada por su solidez y gran formato —dice Roberta, en señal de saludo a las dos mujeres—. Este es el programa de hoy: entrevista en la BBC a las 10 de la mañana, sesión de fotos y rueda de prensa con The Sun, The Times y The Guardian a las 11. Almuerzas conmigo a la una, y luego tendrás un tiempo libre para prepararte para la fiesta preinauguración de 3 a 5, una fiesta privada con amigos en mi apartamento. A las 6 será la apertura oficial de la muestra.

Marina, Clara y Roberta recorren las salas de la exposición. Marina firma varios catálogos, que serán expuestos después y vendidos al mejor postor, para varias causas benéficas. Marina aprueba cada uno de los detalles que se le presentan. Clara va a su lado también complacida. Cada vez que Marina ve algo que le gusta, aprieta la mano de Clara y ésta le devuelve el apretón.

Las tres mujeres siguen el plan trazado. Roberta y sus asistentes no han dejado nada al azar. Todo rueda sobre bien aceitados rieles.

Después del almuerzo, Clara y Marina están a solas. Ya han descansado y ultiman los preparativos de salida a la fiesta preinauguración. Para poder cumplir con la agenda del día, Marina tiene la adrenalina a mil.

Clara está nerviosa y trata de calmar sus nervios dándole un masaje a Marina. Clara intenta aflojar su tensión moviendo, a veces suave, a ratos fuertemente, sus manos por el cuello y los hombros de Marina. Marina respira honda y relajadamente. Pero el ama de casa no logra desestresarse.

—Marina, cuando dices que no eres exclusivista, ¿funciona el asunto de los dos lados? —pregunta Clara con un hilo de voz—. Quiero decir, tú aceptabas la idea de compartirme con Cadú. ¿Yo también tendría que aceptar compartirte a ti con alguien más?

Marina abre los ojos sorprendidísima. No esperaba lo que está escuchando. Sonríe y toma de la mano a Clara… dispuesta a contestar…

Roberta entra a la habitación: —¿Listas para la fiesta preinauguración? —dice, dejando a Marina con la palabra en la boca y mil torbellinos en el corazón de Clara.

Las tres llegan al apartamento de Roberta. Los amigos de la baronesa esperan en la media luz que invade el lujoso y amplio lugar. Roberta saca un control remoto que lleva en el bolso, lo oprime y comienza a rodar un documental sobre la vida y obra de Marina Meirelles.

Después de quince minutos, acaba la filmación y se encienden más luces, sin despejar del todo la agradable semi penumbra que amortigua el salón.

Los invitados aplauden y comienzan los camareros a circular con bandejas y copas. Roberta toma de la mano a Marina, que toma de la mano a Clara…

Una música en vivo comienza a sonar… del fondo del salón surge “
I've Got You Under My Skin” en la voz del propio Rod Stewart acompañado por una orquesta de diez músicos.

—Sé que te gusta la música de Cole Porter. “I've Got You Under My Skin" es mi preferida. Ven Marina, baila conmigo —dice Roberta.

Marina suelta de la mano a Clara y sigue a Roberta. Otros invitados se unen al baile. Clara observa a la distancia.

Termina la canción y Marina busca a Clara. Roberta toma de la mano a Marina, que toma de la mano a Clara.

—Ven, te presento a Megan Ellison, la productora de cine, y a su compañera. Seguramente que conoceras su trayectoria. Megan es jovencísima, pero tiene toda la claridad sobre lo que quiere hacer en la vida. Ya nos ha revolucionado con películas como Zero Dark Thirty y American Hustle.

— Este es Ai Weiwei, podrías venir conmigo a ver la instalación que tiene expuesta en el museo de Brooklyn —continúa Roberta mientras se pasea por el salón y va abordando a una cantidad de rostros conocidos:




De España, están Pedro Almodóvar y Elena Anaya;
de Nueva York, Anna Wintour, la editora de Vogue; el exalcalde Nueva York, Mike Bloomberg; y la fotógrafa y viuda de Susan Sontag, Annie Leibovitz;
de Alemania llegaron la condesa Carla von Lahnstein y su esposa Stella Mann, y también su prima Rebecca y su compañera Marlene Wolf;
de Brasil, Daniela Mercury y su esposa;
de Los Angeles llegaron Gustavo Dudamel, el muchacho venezolano que es el nuevo director de la Orquesta Filarmónica; Bette Porter y Tina; y Helena Peabody y su compañera actual;
del mismo Londres están Paul McCartney y Nancy Shevell, su esposa; y el responsable de haberle cambiado la silueta a Londres, el arquitecto Norman Foster y su esposa;
por otro lado está Yoko Ono, que llegó sola, pero que no pierde la oportunidad para pescar compañía para la semana;
llegaron también Angelina Jolie, que vino sin Brad y acompañada por su amiga del momento; Marina Navratilova y su compañera; y Anne Hidalgo, la recién electa alcaldesa de París y su esposo.

—Ay, y éste es Rod, a quien ya escuchaste cantar. Oh, y Madonna no vino porque estuvo conmigo la semana pasada en mi isla del Caribe. Tuvo que cancelar su gira por el Japón para acompañarme, pero no puede cancelar sus giras tan seguido —sigue explicando Roberta.

*******

Marina intenta estar a solas con Clara, pero se ve interrumpida a cada rato por el huracán de mil cabezas que es Roberta.

—Te tengo guardada otra sorpresa… Para que te sientas en casa, le he pedido a Elton que acompañe al piano a Simone y que te dediquen mi canción preferida en portugués “Eu sei que voi te amar” —dice Roberta, y luego tararea un trozo de la canción—: Desesperadamente eu sei que voi te amar…

El ánimo de la fiesta va in crecendo. Los invitados circulan de un lado a otro… Beben… Bailan… Prodigan sus afectos.

Clara charla tímidamente con Daniela Mercury y su esposa.

Marina se levanta al baño. Desde el otro lado del salón, Roberta la observa y la sigue en esa misma dirección.

Sin pensarlo dos veces, Roberta se mete al baño en el que está Marina.

Parafraseando una canción (que tal vez ni conozca, pero que le cae al dedillo a cada uno de sus deseos), Roberta aplasta a Marina contra la pared del baño. La sujeta de los brazos y le lanza: —No hace falta que te diga que me muero por tener algo contigo…





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domingo, 29 de junio de 2014

La mañana de la exposición


Clara y Marina se preparan para ir a encontrarse con Roberta.

Clara sale del baño vistiendo la súper sexi lingerie negra que Cadú le regaló para su cumpleaños, pero que, sin el ama de saberlo, había sido comprada por la propia fotógrafa.

Clara se dirige al clóset a sacar el resto de la ropa que se va a poner. Los ojos de Marina se topan en el camino con su amante. La fotógrafa no puede controlar el impulso de volar hacia Clara y pasear sus manos por toda la sutil armadura que la ciñe.

—Divina —susurra… y mete la nariz entre los encajes, aspirando como una colibrí toda la miel de una oscura flor.

Clara se excusa:

—Me siento mal en ponerme esta lingerie. Fue un regalo de Cadú.

—Nunca pensé decírtelo, pero ya que eres tú quien habla de esto, tengo que confesarte que fui yo quien te la escogió.  Cadú nos encontró a Vanessa y a mí en un centro comercial y nos pidió que le ayudásemos a comprarte un regalo. A mí se me ocurrió esta lingerie. ¿Recuerdas cuando me la mostraste en tu casa? Verte con ella puesta fue un huracán que se llevó todos mis frenos. No sé cómo logré controlarme. Hubiese querido lanzarme sobre ti y arrebatártela… o despojarte de ella lentamente a besos. Así… —las manos de Marina ensayan un gesto en el aire…

Clara se aparta del abrazo. Se saca la ropa interior y se mete en el jacuzzi.

—Fue un error haberla traído. Falta de consideración mía hacia ti. Déjame lavarme de toda la historia que tiene pegada.

—No te mortifiques, mi ciela —dice Marina, quitándose ella misma su ropa y metiéndose en las espumosas aguas del jacuzzi—. Te he dicho que yo no soy exclusivista. Yo te hubiese compartido con Cadú. Hubiese aceptado la mitad, un cuarto, un tercio, una migajita de ti.

Marina se arrodilla al lado de Clara y acaricia el contorno de los senos de su amante. La respiración de Clara empieza a agitarse, igual que las tibias aguas que la envuelven.

—Aunque era lo que más he deseado, ni en mis más locos sueños concebí toda esta tu entrega. Clara…

—Marina… —balbucea extática el ama de casa.

Los rodeos de la fotógrafa van subiendo y bajando por caminos sin retorno… van ahí donde saben que encuentran a una Clara estremecida, arrebatada, niña... mujer…

¡Ring… ring…! Suena el timbre del teléfono.

—Oh, no —se quejan las dos—. Debe ser el chofer de Roberta.

De mala gana, las dos amantes dan pausa a sus sueños. Se visten y se acicalan.

                                              ********

A regañadientes, bajan al vestíbulo del hotel.

Afuera, en lugar de encontrar al chofer esperándolas de pie junto a la limosina, ven, de punta en blanco (impactante como una montaña nevada)  a la propia Roberta of Rothesay, al costado de un Porshe rojo descapotable, de dos puertas.

La baronesa saluda a las dos mujeres con un beso en cada mejilla.

—Clara, pasa tú al asiento trasero —dice con la voz y el gesto de quien está acostumbrada a mandar, aunque con exquisita sutileza.

Marina se adelanta y se acomoda ella, dejándole a Clara el espacio en el asiento delantero. Roberta sonríe y ajusta el espejo retrovisor hasta tener en el enfoque a Marina y clavarle sus luminosos ojos verdes.



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lunes, 23 de junio de 2014

Mañana londinense


—Llámenme Roberta. Soy la persona detrás de tu exposición y de toda tu estadía en Londres, Marina. Bienvenidas —de 1.75 metros de estatura, esbelta, y con el cabello blanco cortado casi a rape, la baronesa Roberta of Rothesay comienza a hacer gala de su perfecto portugués. Viste un buzo blanco, sin mangas, y de cuello recto, cortado a nivel de la clavícula, que hace aún más evidente su impecable bronceado caribeño.

—Las llevaré a su hotel para que descansen del viaje —dice mirando asertivamente a las dos recién llegadas, y luego, clavando la mirada en la fotógrafa, añade—: Marina, quisiera finiquitar detalles de la presentación contigo, a solas. Le pediré a mi asistente que se encargue de llevar a Clara de tour por la ciudad.

La asertividad de la baronesa ha impactado a las recién llegadas. Pero Marina reacciona y dice que este día lo tiene reservado para Clara y que quiere ser ella la que la lleve por la ciudad.

—Excelente, he contratado un chofer para que las pasee —insiste la baronesa.

Marina no cede y dice que quieren ir de tour ellas dos solas, dejándose llevar hacia donde el impulso las guíe, solas.

—Hablaremos mañana entonces —dice Roberta—. Mañana no te me escapas.

Clara y Marina llegan al hotel. Examinan su lujosa suite: Tiene un balcón con vista hacia el Támesis, tiene jacuzzi…y dos camas individuales.

—Esto hay que arreglarlo ya —dice Marina, e inmediatamente llama a recepción y pide que las cambien a una habitación con cama matrimonial.

Ya en su nueva habitación, las dos mujeres, muertas de cansancio, se echan a dormir a pierna suelta, pierna sobre pierna.

Marina despierta primero y juguetonamente comienza a hacer cosquillas por el cuello, los brazos y la espalda de Clara. Clara abre los ojos y se pega mimosa a Marina:

—Déjame dormir un ratito más… juntas.

Marina salta de la cama:

—Londres nos espera… Vamos a la ducha… juntas.

La pareja se ducha rápidamente. Luego desayunan y salen por la alfombra que Londres tiende a sus pies.

—Quiero mostrarte mi Londres. Comencemos por Hyde Park —dice Marina.

Las dos mujeres caminan por el parque, mano en mano. El oasis del parque las relaja y alimenta. En el camino se encuentran con parejas haciéndose arrumacos sobre la grama, señores de bastón y bigotes con las puntas hacia arriba, grupos de jipis tocando guitarra, ciclistas, niños de la manos de sus padres, lagos y quietud. Llegan al "rincón de los oradores" y Marina dice:

—Quisiera subirme a un banco y gritar mi amor por ti a los cuatro vientos.

—Dime al oído todo lo que quieras decirme… dímelo en la cama… házmelo saber todos los días, con pequeños detalles, con sonrisas. Pero aquí no… No me mates de vergüenza —dice Clara, ruborizada.

—Sabía que ibas a decir eso, pero me encanta cómo frunces la nariz cuando te hago rabiar —dice una pícara Marina.

La artista invita a Clara a subirse al London Eye. Como niñas grandes, las dos disfrutan girando en la noria y viendo las espectaculares panorámicas de la ciudad. Marina le señala los futurísticos edificios que han revolucionado la silueta de Londres: la Torre Swiss Re, el Ayuntamiento, el Shard.

—Los tres son símbolos fálicos, ¿no te parece? Los londinenses le dicen a uno “el pepino” y al otro, “el testículo”. Al menos esos dos edificios tienen tecnología ecológica —dice Marina.

La pareja sigue el paseo y entra a comer en un restaurante de Soho. Las luces de ese barrio, el magnetismo de su ocio las entretiene y aturde.

Regresan caminando al hotel. De pronto, Clara se para y dice:

—Tengo malos presentimientos respecto a Roberta. Es muy intensa y parece muy interesada en Marina Meirelles.

— Marina Meirelles tiene ojos, cuerpo y corazón sólo para ti —dice la fotógrafa, besando la palma de una mano de su amada.

—Yo tengo miedo —confiesa el ama de casa, con los ojos vidriosos.

Marina aprieta fuertemente la mano de Clara, como diciéndole “esta es mi fuerza; mi ánimo, mi espíritu...: te los paso”.

Llegan al hotel y suben a su habitación.

—Clara —dice Marina. Su voz delgada y tierna, su tono como para apaciguar el pulso con más desconsuelo—. Tú has arriesgado todo por este amor. Te has aventado al vacío y echado a volar por mí, por este amor. Ahora somos dos… Ven a jugar conmigo… ven a encarar tormentas conmigo… ven a crecer conmigo.

—Yo sé que tengo mucho que aprender —dice Clara, con un hilo de voz—. Pero todos mis caminos llevan hacia ti. Tu piel es mi casa… tu yo es mi refugio, mi hogar. De tu fuerza aprenderé, de tu mano me sostendré. No me la sueltes…

Marina besa los ojos de Clara. Sorbe sus lágrimas.

—Relájate —le dice—. Déjame amarte como si fuera nuestra primera vez. Déjame alcanzar la estrella más brillante para iluminar la noche de nuestro amor… Déjame abrir mi cuerpo para que brindes en él, esta noche de nuestro amor.

Marina toma la mano de Clara y la coloca sobre sus senos… Su mirada es una invitación… tierna y encendida.

Clara abre los labios y roza suavemente los de Marina… Marina entreabre los suyos y las dos bocas danzan en el aire, rozándose leve, despaciosamente…, convidándose a más…

Sin prisas, en silencio…, como dos floras que saben despertarse al llamado del sol, las dos mujeres se dan.

Clara es la que busca el camino más alla del ombligo de Marina. Un camino largo y tendido… una ruta que improvisa en ese momento… sin mapas ni brújulas… un camino de a dos…, para las dos…




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jueves, 19 de junio de 2014

Vuelo 0248, Río – Londres


El atardecer en Río se tiñe de los típicos colores del otoño en el cono sur. Celajes lilas, violetas y rosados se derraman por el cielo. Es la hora malva. El Pan de Azúcar se empina travieso y voluptuoso en el horizonte.

Helena conduce hacia el aeropuerto a Marina y Clara. Las tres viajan en el asiento delantero del coche.

—No queremos dejarte sola, como chofera. Pero tampoco queremos separarnos —confiesa Clara, con esa voz ronca que le sale a veces.

—Parecen unas adolescentes —les dice enternecida Helena.

Ellas se tienen una a la otra.

“Londres espera a la fotógrafa Marina Meirelles y a su compañera”, se leía en el último correo electrónico que había enviado la agencia organizadora de la exposición.

El avión en el que viajan es un airbus de British Airways, en primera clase.

Las dos viajeras se acomodan en sus lujosas y cómodas poltronas.

La pareja que va en los asientos delanteros son dos personas mayores. Ella se ocupa leyendo una revista de modas, y él la sección de la bolsa del Financial Times.

Dos hombres de negocios van sentados en las poltronas laterales, cada cual inmerso en consultar sus tabletas.

Las asistentes de vuelo pasan la primera ronda de champaña.

Marina se apresura a hacer un brindis:

—Vamos a la exposición que me han organizado, pero yo, yo voy a nuestra luna de miel —dice Marina, con intensidad y dulzura en la mirada.

—Por nosotras —dice Clara, entrecerrando los ojos y lanzando un suspiro tan largo y sentido que hace sonreír a la mujer de negocios que va sentada en la poltrona de atrás, tecleando en su computadora portátil. La mujer, de mediana edad y traje sastre, se acomoda en la poltrona, se aclara la garganta, toma un sorbo de su copa de martini y continúa su trabajo.

Marina se emociona con la emoción de Clara y traviesamente le mordisquea un costado del cuello.

—Cómportate —dice una quejosa-encantada Clara.

—Estamos de luna de miel —dice Marina, buscando y plantando otro beso en el otro costado del cuello de su amada.

Los asistentes de vuelo pasan otra ronda de champaña. Y las enamoradas alargan sus copas y siguen brindando.

Llega la hora y la formalidad de la cena. Los asistentes de vuelo hacen reverencias y cortesías mientras sirven una cena de cuatro platos.

Clara corta un trozo de pescado y se lo pone en la boca a Marina. Marina unta una galleta con un poco de caviar y lo acerca a los labios de Clara. Las dos comen medio bocados y entre risas. Intercambian sus copas. Se lamen con la mirada. Mezclan vino tinto con blanco. Se carcajean bajito. Clara toma la servilleta y limpia un poco de salsa que Marina tiene en la comisura de los labios.

—¡Ay! Y a ti se te quedó un pedacito de pan colgado de la boca —dice Marina pícaramente y planta su boca sobre la boca de la otra.

Los asistentes retiran los restos de la cena. Luego entregan almohadas, mantas y antifaces para los ojos. Las luces se apenumbran.

Poco a poco el avión se va aquietando.

De las poltronas de la pareja de señores mayores se comienzan a escuchar algunos ronquidos. Los ejecutivos de negocios tienen los auriculares puestos y ven películas de acción. La ejecutiva del asiento de atrás va leyendo un libro de suspenso.

Hay un sitio donde está instalado el amor: las poltronas 9A y 9B.

Clara y Marina se cubren con sus mantas y apagan las luces de sus respectivas poltronas.

Marina sube el apoyabrazos que separa una poltrona de la otra y dice:

—Me enloquecen tus gemidos de placer, pero aquí vas a tener que tragártelos.

Clara revolea los ojos coquetamente y envuelve a las dos con su manta.

Y un juego de manos traviesas y hambrientas se desata.

El avión de British Airways va cruzando el atlántico. Clara y Marina van surcando todos los meridianos y las latitudes de sus cuerpos-casas.

—Tu casa en mi casa. Mi casa es la tuya  —se antojan.

—Déjame recorrer cada uno de sus cuartos —se aman.

El avión de British Airways va adentrándose más por el profundo Atlántico.

La mujer de negocios, sola en su poltrona, se levanta al baño. Observa el trajinar entre mantas y sonríe.

El avión de British Airways ya va casi llegando a destino cuando la acción en las poltronas de Clara y Marina se calla.

 ¡Ahhh!

El avión aterriza. Todos los pasajeros se preparan para descender.

La mujer de negocios se adelanta y les hace un guiño de ojos a Clara y Marina. Las dos mujeres levantan sus manos entrelazadas y devuelven espontáneas el guiño de la ejecutiva.

Pasan por aduana. Salen y encuentran una limosina esperándolas. El chofer toma sus maletas, las acomoda en el maletero y galantemente les abre la puerta a las viajeras.

Adentro del vehículo negro y lustroso, espera sentada la baronesa Roberta of Rothesay.




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lunes, 16 de junio de 2014

Viaje a Londres



Vanessa abre ante Marina el sobre con todos los detalles del viaje a Londres. Un viaje que resolverá todos sus problemas financieros, como ha ocurrido en el pasado, cuando han vendido en unos pocos días todas las fotos de la exposición, además del espaldarazo unánime de la crítica especializada, que se repetirá  sin lugar a dudas al igual que en ocasiones anteriores.

Todo el viaje está trazado. La agente en Inglaterra ha comunicado los pormenores de la exposición: una retrospectiva, que incluye gala de apertura, firmas de catálogo, entrevistas por televisión y con revistas de fotografía artística.

Marina se ha venido negando a ir, por no separarse de Clara, pero la inesperada decisión de Cadú de precipitar la separación ha abierto el camino a insospechadas posibilidades.

Clara ya no siente la presión de ser la causante de la ruptura matrimonial. Ha sido Cadú el que ha empujado el desenlace.

Clara tiene un camino por delante… un camino que recorrer con Marina.


La fotógrafa también quiere abrirle el camino a sus sueños… sus sueños junto a Clara. Como ha dicho antes: “soñar no cuesta nada”… porque, igual que en la canción de Raúl, “los sueños que se sueñan junto a otra persona se vuelven realidad”…

Marina ha soñado junto a Clara el sueño de estar juntas… Y ahora pueden tocar ese sueño con sólo extender las manos. Está ahí para ser tomado, para ser vivido. ¿Cómo rechazarlo?

—Vente conmigo a Londres —propone, con unas ganas abiertas y hambrientas—. Los gastos están cubiertos para mí y una acompañante. Yo quiero que seas tú esa acompañante. Vanessa tendrá que quedarse en casa. Tendrá que aceptar mi decisión. De hecho es algo que ya sabe desde hace tiempo: Tú eres a quien yo quiero a mi lado.

A Clara le encanta la idea y envuelve a Marina con una sonrisa plena y satisfecha… una sonrisa que se extiende a un abrazo largo que rodea apretadamente a Marina.

“Por fin en mi vida tengo a alguien a quien no llamo mía, sino a alguien que camina por mi mismo camino…, un alguien que camina conmigo, a mi lado”.

Esa idea es su sangre y su medicina. Un bálsamo que la baña entera. Una geografía que limita al norte, al sur, al este y al oeste con esa fuente de vida, con esa colmena de miel: “Clara viene conmigo… Clara viene a compartir mi vida, mi ciela.”

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El ama de casa pide ayuda a Helena y a su madre para que se queden con Iván mientras ella esté de viaje.

—Las dos se lo han ganado a pulso. Un viaje que no es más que el inicio de una travesía juntas —dice la hermana mayor.

—Sí, hija, vive tu felicidad… no la sueltes… no la dejes escapar —aconseja Chica.


Del lado de Vanessa la noticia del viaje pesa. ¡Qué mala gana!... Pero no puede oponerse a nada…  Los detalles ya han sido finiquitados por la propia agencia que organiza todo desde Londres.

Sin embargo, la pelirroja amenaza:

—Si Clara te acompaña, no cuentes más conmigo. Me olvidas, te olvido para siempre.

Marina no tiene oídos para noticias de ese tipo. El único sonido que sabe oír es el “Sí, voy contigo”, que le ha dado su amada. Una amada ya pronto amante.





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