La baronesa de Rothesay ha lanzado al aire una tentadora invitación.
Clara agarra las riendas en sus manos y dice resuelta: —Roberta,
Marina y yo quisiéramos regresar a nuestro hotel. Tenemos planes para mañana
por la mañana.
Acto seguido toma a Marina de la mano y se dirige hacia la
salida.
Sorprendida gratamente por la iniciativa de su amante,
Marina la mira y luego mira a Roberta. Y al fin reacciona: —Hablamos mañana,
¿sí? Todo ha sido como un sueño —se despide cortésmente besando a Roberta, a
Elton y al esposo de éste—. Te agradezco
todos los detalles de la exhibición. Amanecer en el Caribe suena fabuloso, pero
el día ha estado tan lleno de sorpresas que necesito hacer un alto.
Marina junta las manos, besa la punta de sus dedos, toca con
ellos la cara de Roberta y pide con la mejor de sus sonrisas—: Déspideme por
favor de tus maravillosos invitados. Obrigada, obrigada.
—Haremos lo que tú desees. Tú eres mi invitada de honor
—concede Roberta, y volviéndose hacia Elton explica—: Ya estuvimos en la isla
hace poco. Dejaremos el plan para otro día.
Marina toma a Clara de la mano. Clara aprieta con intensidad
esa mano que se le tiende y las dos mujeres se encaminan a su hotel.
En el taxi van en silencio. Van apretadas la una contra la
otra, sintiéndose el palpitar de la respiración.
Llegan al hotel y suben a su habitación.
Clara tiene tantas cosas de las que hablar. No sabe dónde
empezar. Es tanto… Podría ser doloroso…
Y decide defender lo suyo, poner su amor de escudo, dejar
que sea ese amor quien hable, quien grite por ella.
El ama de casa cierra la puerta de la suite, se voltea hacia
Marina y propone: —¿Dónde habíamos quedado cuando Roberta nos interrumpió?
Clara tiene a Marina frente a ella… Sus manos alzan vuelo
recorriendo el rostro de su amante, su cuello..., alborotando su cabello...,
estremeciendo su centro.
Hay tanta reverencia en esa mirada…, tienen tanta ansiedad
esas caricias que Marina se tropieza en el zíper del traje de Clara… en las jugosas
manzanas que se le ofrecen cuando el sostén cae al suelo…
Clara afloja un poco el abrazo… También ella se entrega a
desprender a Marina de una a una de sus ropas: —Antes esto era parte de mis sueños.
Ahora lo vivo con tanta intensidad que me da miedo —susurra…
Y empuja a Marina hacia la cama.
Ahí está Marina Meirelles.
Marina Meirelles está de frente y de perfil… al alcance de
sus manos…
“Tocar ese cuerpo es tocar el cielo”, piensa Clara…
Y comienza a bajarse buscando el centro de su flor de mar…
Hurga entre sus pétalos, sube a sus senos, entra en su boca
con una habilidad que no se sabía, que ha aprendido guiada por la linterna con la
que la ilumina el amor, apremiada por las brasas con las que la incendia este
amor.
Marina se deja llevar por estos suaves gestos de amar… por esta
manera rabiosa de amar…
Marina va percibiendo una claridad que la encandila… una claridad
que la ciega y poco a poco la va abrasando…
Son los soles que ha encendido la mujer que tiene sobre
ella, con ella, para ella...
Y se deja incendiar…
Tocar a la amada es tocar una canción desnuda con las manos…
Tocar su cuerpo es tocar el cielo…
La noche está de fiesta para las dos, una fiesta que recién
comienza, un banquete de a dos.
“Tocar este cuerpo es tocar mi cielo…”, alcanza a pensar Clara,
mientras goza viendo a Marina desbordada, arqueada en el altar del amor…
****
La noche da paso al día y Clara y Marina siguen subiendo por
escaleras que se saben de cada una. El día se impone y ellas siguen trepando por
las lianas con las que alcanzan numerosas veces más un cielo que se han prometido.
****
—Definitivamente, me gusta más ver amanecer en Londres —dice
una Clara plenamente satisfecha.
****
Las dos amantes piden que les lleven el desayuno a la cama.
Solo luego que se han dado de comer una a la otra, las vence
el sueño.
****
Son cerca de las doce cuando Roberta telefonea desde la
galería.
—Marina, quiero hablarte de unos contratos que quiero
arreglar para ti —ofrece—. Ven para que almorcemos y hablemos del asunto.
—Soportemos dos días más estos trámites. Pronto regresaremos a
Río —pide Marina.
Las dos mujeres saltan a un taxi y llegan a la galería.
—Una representante de la Tate Gallery ha llamado ofreciendo
su espacio para una restrospectiva tuya. Tú sabes, Marina, exponer ahí sería
consagratorio, el sueño de todo artista. ¿Qué te parece? —dice Roberta, y agrega—:
Y para ti, querida Clara, he concertado una videoconferencia con tu hijo Iván.
Imagino que lo extrañas.
—Yo también quisiera hablar con él —dice Marina
dirigiéndose hacia Clara.
—Marina y yo vamos a hablar de negocios mientras tú te
entretienes con tu hijo —continúa Roberta.
—No te preocupes. Le daré tus saludos a Iván —dice el ama de
casa—. Arregla tus asuntos con Roberta. Yo estaré bien. No te preocupes, mi
ciela.
Roberta pide a un asistente que conduzca a Clara hacia un
salón donde hay una pantalla en la que se ve la imagen de un sonriente Iván.
Clara se alegra de ver a su hijo y comienza a charlar con él…
Pero una espina se le ha clavado en el corazón.
Roberta lleva a Marina al mirador del Shard, la pirámide de
cristal más alta de la Unión Europea.
Ahí, desde las alturas, con todo Londres a sus pies, igual
que el diablo tentando desde la cima del mundo a Jesús, Roberta le plantea más de sus planes a Marina:
—Además de la retrospectiva en la Tate Gallery, me han hecho propuestas para
que expongas en París, Berlín y Madrid. ¿No te emociona?
La baronesa continúa desenrollando ante Marina el pergamino
de un nuevo intento de seducción: —Para coordinar todo esto tendrías que quedarte
al menos tres meses en Londres… sola.
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