—¡Modestia aparte la foto de Shirley es un escándalo¡ ¡Me atrevo a decir que es una de las mejores de mi carrera! —dice Marina.
—De las mejores, no podría decir periódico —asegura Vanessa—, pero es una de las que te ha rendido fruto más rápidamente. El teléfono no deja de sonar, sólo por esa nota en el periódico.
—¿Quién diría que Shirley me iba a sacar del aprieto! Estoy con la semana prácticamente llena de trabajo —dice aliviada y contenta la fotógrafa.
En casa de Giselle, la cumpleañera da la bienvenida a Clara, a la madre de ésta y a Ricardo. Clara no puede aguantar sus ganas y pregunta, los ojos, el gesto ansiosos:
—Gente, ¿Marina no ha llegado todavía?
—Todavía no, pero debe estar por llegar pronto —responde Giselle con complicidad.
Al ratico, entra el trío de Marina, Vanessa y Flavinha. Marina trae un regalo. La cumpleañera empieza abrirlo, las recién llegadas se ríen porque Vanessa dice que el contenido del regalo no es apto para ser abierto en público. Giselle está revisando el paquete cuando tanto Clara como Marina se desprenden del grupo en el que están…
—¡Tardaste mucho! —se queja Clara.
—Con tres mujeres siempre pasa lo mismo —dice Marina.
—Y tú aquí, ¿me extrañaste? —continúa pícaramente la fotógrafa.
Clara: ¿Realmente quieres que te responda?
Marina: ¡Sí! Me encanta que digas que piensas en mí, que me echas de menos, que soy importante para ti...
Clara: Bueno, si te hace sentir bien entonces... Contesto todas tus preguntas: Sí, pienso en ti. Sí, te echaba de menos. Y, sí, eres muy importante para mí.
A Marina le falta el aire de la alegría que le provoca la contestación.
La pareja salta a la pista de baile. (Lastimosamente, es un pieza en la que bailan sueltas. Hay mucha gente alrededor, lo entendemos.)
Marina: ¿No tenes ni idea de lo que se me está pasando por la cabeza ahora?
Clara se lleva las manos a la boca y divertida hace al gesto de abofetear a Marina: ¡No, no!¡Compórtate!
Marina: ¿Yo tengo que comportarme? —sigue Marina en son de broma. Luego niega agitando las manos: —Comportada es un adjetivo que no va conmigo, Clara. Pero no me avengüenza decirlo . ¿Sabes por qué? Sólo me pasan cosas lindas por la cabeza cuando te veo.
Las dos mujeres transpiran felicidad pura. Es solo el hecho de estar juntas… contemplarse.
Clara: Entonces, ¡de acuerdo! ¡Habla sin censura! ¿Qué está tramando tu mente fértil?
—¿Realmente quieres saber?
—Sí.
—Bueno lo voy a hacer —dice seductora la fotógrafa y acerca su rostro al de su asistente y le habla quedito al oído. Clara complacida con lo que escucha lanza quejidos de felicidad cuasi-orgásmicos.
La madre del ama de casa las observa con cara de “me cuesta tragarme esto, pero yo no soy prejuiciosa”.
Branca también ve a la pareja y dice malintencionadamente a su rival:
—Linda pareja, ¿verdad? Para aquellos que aprecian ese tipo de relación, por supuesto.
—Disculpa, no estaba prestando atención. ¿Qué decías? —dice la madre de Clara.
La charla entre las dos continúa con Branca escupiendo homofobia y Chica defendiendo a su hija.
—Mi hija ya ha resuelto qué hacer con esta situación. Ella es una persona que tiene los pies bien puestos en la tierra. Y yo no tengo ninguna razón para cuestionar su elección si ella es feliz así, ¿verdad? —agrega Chica—. ¿Qué mejor regalo hay que ver a los hijos felices? Amar nunca está demás. (Bravísimo, Chica. Así se habla.)
Marina y Clara están en una mesa juntas y la fotógrafa lanza una de esas sus frases matadoras, tipo “Posa para mi”, “Baila conmigo”:
—¿Te puedo invitar?
—Um, si es que regresemos a la pista de baile, no. No, estoy muerta, necesito una cama —dice Clara. (Creo que Marina ya tenía preparada la segunda parte de su proposición, pero al escuchar la palabra “cama” de los labios de Clara, indidudblemente eso la habrá decidido a ir directo al grano):
Sudan pasión las miradas con la que se bañan la una a la otra.
—Pasemos la noche juntas —continúa Marina.
—No puedo —dice Clara, pero es sólo su boca la que niega. Marina sabe leer ese lenguaje de señas y cuestiona:
—¿No puedes o no quieres?
—No debo —dice Clara—. Tengo casa, marido, hijo. No puedo actuar como una adolescente.
—¡Te la cobras muy caro! —recrimina sutilmente la fotógrafa— Vivamos esta historia. Sigue tu corazón.
—¡Ay mi corazón —dice Clara—. Mi corazón es un pozo de dudas e inseguridad.
Derrotada Marina apoya su cabeza sobre el hombro de Clara. Entonces llegan Vanessa y Flavinha echando baldazos de agua fría sobre las dos.
—Vámonos, Marina —dice Vanessa—.Tú, Clara, ¿no es tiempo de que te vayas para tu casa a cuidar a tu marido enfermo?
—Mi marido no está enfermó —riposta Clara.
—Bueno entonces, gente, vamos —sigue Vanessa.
—Váyanse adelante —sugiere Marina— Eh, tú no naciste pegada a mí.
—Dios mío —se queja la pelirroja—. Me voy a tomar otro trago. Aquí no tienen buen humor.
Clara y Marina siguen hallando la felicidad en las cosas más chiquitas y se carcajean del arranque de la asistente.
Al día siguente Clara le cuenta al marido lo animada que estuvo en la fiesta y lo bien que se la pasó. El marido pregunta quién llegó al convivio y al saber que estuvo su rival desata la pelea.
—¡Como si tú no estuvieras con Marina en el galpón un día sí y el otro también! —se queja.
—Ya vas a comenzar —dice Clara— Una se encuentra con sus amigas, ¿no?
—Sí, si ser amigas fuese el único espacio que Marina ocupa —dice hiriente el esposo.
—Cadú, si estás bien para ofenderme, también estás bien para oírme —dice el ama de casa, poniendo todo su amor como el más poderoso escudo—. El espacio que Marina ocupa en mi vida lo decido yo. Ni más ni menos. Y déjame recordarte que fuiste tú quien me empujó a ir a la fiesta con mi madre... Respétame.
El marido se queda sin habla sopesando el alcance de la sombra proyectada por su rival…
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